Los hombres también lloran

Santiago (3 años) y su padre y donante de hígado Javier Morán 10 días después del trasplante. Hospital La Paz, Madrid.
Santiago (3 años) y su padre y donante de hígado Javier Morán 10 días después del trasplante. Hospital La Paz, Madrid.

(En honor al llanto de Jorge el padre de Luciano y al de todos los padres del mundo. Sus lágrimas han atravesado mi cuerpo).

Es bien sabido que cuando tenemos un hijo la vida nos cambia por completo. Las comparaciones son antipáticas y lo importante no es decir si es mejor o peor, solo distinta. Pero cuando ese niño viene al mundo con una enfermedad grave, que pone en riesgo su vida, el cambio es más dramático aún. 

Nosotras las mujeres instintivamente nos entregamos en cuerpo y alma a ellos. Nuestras propias vidas se paralizan y se invierte la experiencia que lleva 9 meses gestándose en nuestro vientre: antes ellos vivían a través de nosotras y de repente somos nosotras quienes estamos viviendo exclusivamente a través de ellos. 

Así todo avanza. Conozco la experiencia porque la he vivido en primera persona. Todo pierde importancia. Sólo el niño es importante. Se nos olvidan las cosas más básicas: desde hacer pipí, lavarnos la cara, comer… hasta se nos olvida dormir. No sabemos descansar. Ya no sabemos qué día de la semana es más que cuando utilizamos la agenda para apuntar las citas médicas; ni hablar de horarios o rutinas, todo lo hacemos en función de ese nuevo ser. 

Sentimos tantas cosas: miedo, dolor, tristeza, impotencia, culpa, frustración… generalmente nos sentimos protagonistas de la experiencia ignorantes de que en realidad somos co-protagonistas y que hay otra persona que siente con igual intensidad y fuerza lo mismo que nosotras sentimos: los hombres. 

Los hombres. Los padres. Esos seres humanos sensibles que tienen sangre en sus venas… que viven el miedo y el dolor en su cuerpo, que sienten el mismo amor por ese hijo que nosotras, que callan su llanto para parecer fuertes y que ahogan su tristeza con trabajo para sentir que aportan algo en toda esta historia. 

No tienen pechos para amamantar pero si pudieran hacerlo, lo harían. No jugaron con muñecas así que nunca les han enseñado a calmar el llanto de un niño, a saber cuándo tiene hambre o si el llanto es de sueño. No saben preparar biberones ni cambiar pañales pero les gustaría aprender. Preferirían quedarse en casa cuidando a su cría si pudieran elegir, pero en cambio ponen toda su confianza en nosotras, las madres para que lo hagamos sabiendo que en ello van perdiendo a la mujer.

Luciano y su padre Jorge Chacón. Rubio, Edo. Táchira, Venezuela.

Soy mujer, y aquí estoy escribiendo de los hombres, reivindicando su papel en este proceso. Reconociendo su grandeza, su coraje, su generosidad, su altruismo, su amor. Porque ¡los hombres también lloran!. 

Si tan sólo pudiéramos por un momento olvidar los egos, callar los reproches, olvidar las malas contestaciones, el resto de la familia, la historia, las veces que nos hemos lastimado, para conectar hombres y mujeres desde ese único vínculo que es ese hijo… ¡oh entonces! podríamos sentir al unísono todo lo que nos pasa en el cuerpo, abrazarnos y fundirnos en el amor por ese hijo. 

No soy quien para dar consejos. Se que yo me he equivocado. Soy humana y no aspiro a la perfección. Sólo me interesa aprender de los errores y los aciertos, y compartirlo.

Por eso hoy escribo esto. Porque después de 11 años de historia acompañando a mi hijo con Síndrome de Alagille, acompañando a otras familias con esta y muchas otras patologías igual o más aterradoras, he podido entender lo que pasa cuando esto pasa. He podido reconciliarme conmigo misma y con el mundo entero. 

Ojalá mis palabras os den luz en vuestro camino. Ojalá mi experiencia os sea útil y ojalá, ¡ojalá! -lo deseo con todo mi corazón- podáis hombres y mujeres, padres y madres de todo el planeta fundiros en ese abrazo de amor por vuestro hijo. Con llanto y risas, con dolor y esperanza, con todo lo que traiga y lo que haya guardado en vuestro corazón y sanar. 

Desde ahí, desde ese lugar de comunión entre ambos, es de donde surge la verdadera sanación. A las mujeres os digo: recordad que los hombres también lloran. Y a los hombres os digo: ¡permitiros llorar!.

Con todo mi amor. 

¡Namasté! 

Santiago (11 años) junto a su hermano Ian (5 años) y su padre Javier Morán.

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